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La mente que sana · Capítulo 3 de 17
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Capítulo 3 de 17≈ 19 min de lectura

El piano que nadie te enseñó a tocar

Primera parte · Las notas

Quiero empezar por confesarte algo antes de cualquier otra cosa: ya has estado hipnotizado muchas veces en tu vida. Hoy, sin ir más lejos. Y no te diste cuenta.

No lo digo para inquietarte. Lo digo porque ese es exactamente el punto de partida de este libro. Durante años te contaron que la hipnosis era otra cosa —un péndulo que se balancea, una mirada que te “domina”, un hombre de capa que te hace ladrar frente al público de un teatro—. Nada de eso es lo que vamos a explorar aquí. Lo que vamos a explorar es algo mucho más íntimo, más cotidiano y, francamente, más poderoso: la manera en que tu propia mente entra y sale, todo el tiempo, de estados que cambian por completo tu experiencia del mundo.

Si estás leyendo estas páginas es porque, de alguna forma, ya sentiste la inquietud. Quizá eres terapeuta y quieres sumar una herramienta a tu caja. Quizá acompañas a otros en sus procesos de salud. Quizá solo te ganó la curiosidad. Cualquiera que sea tu razón, te felicito, porque estás intentando algo que muy poca gente se atreve a hacer: aprender a usar tu mente de una manera que nunca te enseñaron.

Antes de continuar, permíteme un pequeño consejo que repito en cada clase y que voy a repetirte también aquí. Si puedes, ten cerca una libreta y una pluma, y toma tus notas a mano. No en la computadora, no en el teléfono: a mano. Está demostrado que escribir a mano conecta partes del cerebro que el teclado deja dormidas, y activa ese canal del cuerpo, el kinestésico, que fija el aprendizaje de una manera mucho más profunda. A lo largo de este libro te voy a pedir, cada tanto, que hagas conciencia de un “veinte” que te acaba de caer. Ese es el momento de escribirlo.

Qué es realmente la hipnosis

Empecemos por la pregunta obvia. ¿Qué es la hipnosis?

Yo te voy a dar la definición que a mí más me sirve, la que resume todo lo demás: la hipnosis es una híper concentración. Un estado en el que todos tus otros sentidos se apagan —o los apagas, consciente o inconscientemente— para poder estar en un presente absoluto, viviendo con enfoque total lo que estás viviendo.

Dicho así, quizá suene técnico. Así que déjame llevarte a tu propia experiencia, porque ahí está la prueba.

¿Alguna vez has estado viendo una película tan atrapado que alguien entró a la habitación y no te diste cuenta? ¿O te gritaron desde la cocina que la comida estaba lista y ni siquiera lo escuchaste? ¿Te ha pasado que vas en el coche — manejando o de copiloto— y te quedas absorto en el paisaje, viendo pasar las montañas y los árboles frente a tus ojos, y de pronto, en menos de lo que crees, ya llegaste a tu destino, y ni siquiera notaste cuánto tiempo pasó?

Esos son estados hipnóticos. Trances naturales. Le suceden a todos los seres humanos, todos los días. Y fíjate en un detalle que a mí siempre me ha fascinado: los animales no tienen esto. A un animal solo puedes mantenerle una fijación, una atracción breve, y se acaba. Pero nosotros, los seres humanos, tenemos esta capacidad impresionante de concentrarnos tanto en algo que el mundo entero desaparece a nuestro alrededor. Hay personas que han logrado enfocarse a tal grado que las han operado —incluso a corazón abierto— usando la hipnosis en lugar de anestesia. Ya llegaremos a esas profundidades. Por ahora quédate con la idea sencilla: la hipnosis no es dormir. La hipnosis es, en el fondo, despertar.

De hecho, hay algo curioso con la palabra misma. “Hipnosis” viene del griego hypnos, que es el sueño, el dios del sueño, hermano de Morfeo —el mismo Morfeo del que tomó su nombre la morfina—. Así de emparentado está todo este mundo. Pero yo te diría que hasta el nombre está un poco equivocado, porque el trance no tiene que ver con dormir. Puedes estar profundamente hipnotizado y absolutamente despierto. La hipnosis no te apaga: te enfoca.

El piano

Ahora quiero contarte una historia, porque es la imagen que le da título a este capítulo y, en cierto modo, a todo el libro.

Imagina un piano de cola. Enorme, negro, hermoso, colocado en el centro de un salón inmenso donde el sonido resuena de una manera casi mágica. Imagina la música que ese instrumento podría producir: melodías capaces de transformar la conciencia de quien las escucha, solo con el sonido.

Y ahora imagina que ese piano se lo entregas a un niño muy pequeño, que no sabe de música, que no sabe cómo usarlo. ¿Qué va a hacer el niño? Va a golpear las teclas. Va a hacer ruido. Ruido en un salón que estaba hecho para la música más sublime, con un instrumento capaz de las melodías más bellas.

Esa es, exactamente, la relación que la mayoría de las personas tiene con su propia mente.

Tu mente es ese piano. El salón gigante es este mundo que te tocó vivir. Y a ti —como a todos— te entregaron esa máquina extraordinaria desde muy niño, sin manual, sin maestro, sin que nadie te dijera cómo tocarla. Entonces, desde que despiertas, empiezas a hacer ruido. En lugar de crear música, de resonar en armonía, de cambiar tu vida y la de quienes te rodean, te la pasas golpeando teclas al azar.

Este libro es, ante todo, tu primera clase de piano. Aquí está el do, aquí está el re, aquí está el mi. Cuando entiendas dónde está cada nota, vamos a poder hacer canciones. Y cuando puedas hacer canciones, vas a poder crear melodías con tu vida entera.

Un viaje por la historia

Para entender bien esta herramienta conviene saber de dónde viene, porque tiene una historia mucho más antigua y mucho más rica de lo que la gente imagina.

Yo creo, honestamente, que la hipnosis existe desde que los seres humanos nos reuníamos alrededor del fuego a escuchar a los sabios contar historias. En esas noches, el lenguaje se transmitía de mente a mente, y quienes escuchaban se quedaban en una especie de trance, suspendidos en las palabras. Los grandes maestros de la humanidad lo sabían intuitivamente: Buda hablaba con metáforas, Jesús con parábolas, Sócrates y Platón enseñaban a sus discípulos con un lenguaje lleno de imágenes y analogías. ¿Por qué? Porque ese tipo de lenguaje —el simbólico, el anecdótico— le habla directamente al subconsciente, y ahí se queda, permanente. Si algún día quieres enseñarle algo importante a alguien, no le des el concepto seco: cuéntale una historia. Se le va a grabar de otra manera.

Pero la hipnosis como la conocemos hoy tiene apenas unos trescientos años. Y su historia moderna arranca con un personaje fascinante: Franz Mesmer, un médico austriaco de mediados del siglo XVIII. Mesmer sostenía que existía una energía, un fluido invisible que él llamaba “magnetismo animal”, presente en todas las criaturas vivas. De su apellido nos quedó una palabra que usamos hasta hoy: mesmerizar.

En Austria nadie le creía. Los médicos oficiales lo trataban muy mal, así que en 1778 migró a París, y ahí se volvió una celebridad. Llegó a atender hasta doscientos pacientes al día —imagínate tratar a doscientas personas diarias— y su fama fue tal que hasta el rey Luis XVI y la reina María Antonieta usaron sus servicios. Se volvió tan llamativo que Benjamín Franklin cruzó el Atlántico y, junto con Joseph Guillotin —sí, el mismo de la guillotina—, fue enviado a investigarlo. La conclusión de aquella comisión fue prudente y reveladora: no pudieron comprobar que existiera el famoso “fluido magnético”… pero no pudieron negar que muchísimas de las personas que Mesmer trataba, efectivamente, se curaban. Guarda ese detalle. Vamos a volver a él.

El siguiente gran nombre es James Braid, un cirujano que, a diferencia de Mesmer, empezó siendo un escéptico total. Braid fue a ver una de aquellas demostraciones convencido de que iba a desenmascarar a un embustero. Y lo que encontró lo desarmó: la persona en el escenario estaba genuinamente en un estado profundo de trance, algo que él nunca había visto, y que respondía a las sugestiones de una manera que su mente de médico no podía ignorar. Braid fue quien acuñó el término “hipnosis”, y quien nos dejó una de las frases que sostienen todo este trabajo:

“El poder de la hipnosis es el poder de la mente sobre el cuerpo. Y ese poder se encuentra en cada uno de nosotros.”

En aquella misma época, otros cirujanos llegaron a realizar cientos de operaciones —amputaciones, extracción de tumores, cataratas— con pacientes sumidos en trance, insensibles al dolor, en un tiempo en que la anestesia química apenas empezaba a existir. La mente, bien dirigida, podía apagar el dolor del cuerpo.

Y luego llega Freud. Aquí hay una ironía histórica que me encanta contar. Freud quiso aprender hipnosis, de verdad quiso dominarla, porque en su época era la herramienta más usada en psicología. Pero era malísimo. No tenía buena mano, no lograba buenos resultados. Y fue justamente de esa frustración que nació el psicoanálisis. Como no lograba inducir el trance de forma natural, terminaba poniéndole las manos en la cabeza al paciente, recostándolo, pidiéndole que hablara… y así, casi por accidente, nació el famoso diván. El problema es que Freud, y muchos de sus numerosos seguidores, terminaron desacreditando la hipnosis. Por eso dejamos de oír de ella durante tanto tiempo.

Pero no todos la abandonaron. A mí, de todos los personajes de esta historia, hay uno que me resulta especialmente entrañable: Émile Coué, un francés que descubrió algo revolucionario.

Coué se dio cuenta de que no hacía falta un hipnotista enfrente imponiéndote las manos. Los seres humanos podemos autosugestionarnos, de manera consciente y despierta. Él, con humildad, decía que no había descubierto nada, que solo había llegado a las conclusiones de sabios y filósofos anteriores. Nos dejó dos frases que valen todo un capítulo:

“Una imaginación vívida obliga al cuerpo a obedecer.”

Y esa que a mí me acompaña siempre, casi como un mantra:

“En cada momento, en cada instante, me estoy poniendo mejor y mejor.”

La historia, sin embargo, dio un giro. Con la llegada del cloroformo, la anestesia y los opioides, la medicina descubrió que podía dormir a alguien y operarlo sin necesidad de hipnotizarlo. Y aquí conviene ser honestos: si te acaban de herir en una guerra y tienen que amputarte una pierna, ¿qué prefieres, un hipnotista que necesita tiempo para llevarte al trance, o una inyección que te duerme al instante? La gente eligió la inyección, y los médicos también. La hipnosis perdió su lugar en el quirófano y quedó relegada al espectáculo, al show de circo, a los grandes empresarios del entretenimiento como los Ringling Brothers y aquel famoso “cada minuto nace un tonto”. Pareció, por un tiempo, que había muerto.

No murió. A mediados de los años cincuenta, la Asociación Médica Americana la reconoció formalmente y la incluyó en su currículum de estudios. Y ya en el siglo XX apareció quien yo considero el abuelo de la hipnosis moderna: Milton Erickson. Erickson es un caso extraordinario. Tuvo poliomielitis, era disléxico, tenía problemas de aprendizaje, era sordo a los tonos —incapaz de reconocer o producir ritmos musicales— y quedó parcialmente paralítico. Y precisamente ese hombre, que tuvo que aprender a habitar su cuerpo y su mente contra todo pronóstico, es quien nos dio las bases de la hipnosis que practicamos hoy. Suya es una idea que va a acompañarte durante todo el libro:

“Tu mente consciente es muy inteligente. Pero tu mente subconsciente es todavía más inteligente.”

Derribando los mitos

Ahora que ya sabes de dónde viene, hablemos de lo que crees que sabes. Porque la palabra “hipnosis” viene tan cargada de mitos que conviene limpiarla antes de seguir.

Primer mito: en hipnosis te pueden obligar a hacer cosas que no quieres. ¿Podría yo dormirte al instante y luego pedirte la clave de tu banco? La respuesta honesta es no. No puedes hipnotizar a alguien que no quiere ser hipnotizado, y no puedes obligar a nadie a hacer algo que va contra sus valores, contra su moral, contra lo que es. Ahora bien, seré transparente contigo, porque este libro no es para ingenuos: existen técnicas de influencia, existe lo que algunos llaman “hipnosis oscura”, y existen contextos —militares, de manipulación masiva— donde las cosas se complican. Pero eso no es lo que hacemos aquí, ni lo que vamos a enseñar. Aquí trabajamos siempre desde la ética y a favor de la persona.

Segundo mito: te puedes quedar atrapado en el trance y no regresar. No. Eso no ocurre. Lo peor que te puede pasar en un estado hipnótico es que te quedes dormido, o que al emerger te sientas un poco mareado, un poco adormecido, quizá con un ligero dolor de cabeza si saliste demasiado rápido. Nada más. Y te dejo un dato que reencuadra por completo el miedo: una hora de hipnosis profunda le da a tu cuerpo el descanso equivalente a ocho horas de sueño. Por eso a veces, cuando alguien lo necesita de verdad, simplemente se queda dormido en la sesión. Su subconsciente aprovecha para descansar.

Tercer mito: la hipnosis va contra Dios o contra la religión. No. Ni siquiera la Iglesia católica la sataniza ni la mete en la categoría de brujería. Piénsalo así: lo que hacemos es actualizar viejas improntas. Eres como una computadora corriendo con un software de hace veinte o treinta años, lleno de programaciones que la vida y la sociedad te instalaron cuando eras muy pequeño. La hipnosis no hace más que actualizar ese software a algo que sí sirva para la vida que hoy tienes.

Cuarto mito: solo la gente influenciable, tonta o débil se deja hipnotizar. Todo lo contrario. Einstein entraba en estados profundos de autohipnosis para imaginar cómo viajaba la luz; muchas de sus teorías nacieron más de su imaginación que de su intelecto. Edison, tantos grandes creativos y científicos, usaron estas herramientas. La verdad incómoda es esta: las personas más inteligentes son las que más usan su imaginación, y por lo tanto son más susceptibles a la hipnosis. Lejos de ser un defecto, es una ventaja: significa que puedes crear escenarios mentales para cambiar tu realidad.

Quinto mito: quedas al servicio del hipnotista. No. Quedas al servicio de aquello que tú quieres cambiar. Cuando alguien va a una sesión, va a crear nuevos estados positivos en su vida, no a obedecer a nadie. Lo que hacemos es enseñarte a hablar con tu propio subconsciente y a construir con él una relación de amistad, de complicidad, para que deje de traicionarte en los momentos que más importan. Piensa en Michael Phelps, el nadador más condecorado de la historia, parado al filo de la alberca, a punto de saltar por la medalla de oro. Todo su entrenamiento, todo su talento, pueden venirse abajo si en ese instante su subconsciente le juega en contra. De eso se trata este trabajo: de hacer las paces con esa parte de ti, para que reme a tu favor.

Cuando la mente viaja: los procesos regresivos Hay otra dimensión de este trabajo que vamos a explorar a lo largo del libro, y que es, quizá, la más enigmática y hermosa: los procesos regresivos.

Un proceso regresivo es un método de semihipnosis en el que la mente viaja. Empieza en un estado ligero —lo que llamamos estado alfa, donde todavía escuchas los ruidos de afuera, el coche que pasa, el timbre— y puede profundizarse hacia estados más hondos según la persona. Y aquí conviene entender algo, porque no todos vivimos la experiencia igual.

Cada uno de nosotros percibe el mundo con un canal predominante. Están los visuales, que lo ven todo como una película, con lujo de detalle: el vestido blanco, el mar azul turquesa, el paisaje que se mueve. Están los auditivos, más raros, que entienden el mundo por el sonido — los músicos suelen serlo— y que quizá no “vean”

la escena, pero escuchan con claridad cada matiz. Y están los kinestésicos, que entienden a través de las sensaciones y el contacto, y que en la regresión no ven ni oyen tanto como sienten en el cuerpo.

Déjame contarte por qué esto importa tanto. Mi compañera Luz Alicia, que ha acompañado estos procesos durante casi diez años, dice algo con lo que estoy completamente de acuerdo: cuando la experiencia es visual, es fácil que la mente nos juegue una broma. “Seguro fue la película que vi anoche”, “seguro fue mi mala noche”. Pero cuando la experiencia es vivencial, cuando la sientes físicamente —el corazón que se acelera, una opresión en el pecho, un frío que sube, una emoción que llega de la nada—, es muy difícil no creerle. ¿Cómo le mientes a una sensación que sentiste por dentro, sin que nadie te tocara? Por eso las personas que viven la regresión de manera vivencial suelen resolver más rápido. El cuerpo no engaña.

Ahora, una advertencia ética que es central en nuestra forma de trabajar: no hacemos procesos sufridores. Muchas veces no hace falta. Si alguien empieza a angustiarse, si le cuesta respirar, si aparece una opresión fuerte, no lo dejamos ahí viviendo el sufrimiento: lo sacamos suavemente del estado y dosificamos la experiencia en varias sesiones. Se puede llegar a lo que se necesita sin torturar a nadie. Recuérdalo siempre que acompañes a otra persona.

Al principio, cuando el cerebro apenas se está acostumbrando a esta nueva capacidad, suelen colarse elementos modernos en las regresiones. Luz cuenta el caso, entrañable, de una paciente que “se llevó” su Coca Light a Egipto: estaba en un gran salón, comiendo con toda la parafernalia de la época, y le pidió a uno de los sirvientes su refresco de dieta. La paciente era diabética, y para ella esa Coca Light era importantísima. No pasa nada: es solo el cerebro acomodándose a un proceso nuevo, mezclando lo de hoy con lo de entonces, hasta que entiende que puede ir hacia atrás.

Ella misma vivió algo así antes de dedicarse a esto. Durante años tuvo un sueño repetitivo: una guerra, ella sin nada con qué defenderse, mirándose las manos vacías mientras pasaban las balas, escondiéndose. Una y otra y otra vez el mismo sueño. Con el tiempo entendió que no era un sueño cualquiera, sino un proceso regresivo: efectivamente había estado en una guerra, sin arma, y las cosas no habían terminado bien. Su mente le insistía porque había algo ahí para ella. Y cuando por fin lo exploró, lo que ese proceso le enseñó, de forma muy práctica, fue a aprender a decir que no. Ella era de esas personas a las que les costaba muchísimo negarse, que harían cualquier cosa por evitar un conflicto. Al comprender de dónde venía ese patrón, empezó a poner límites, a ser asertiva, a mirar la vida desde otro lugar. Esa es la magia de estos procesos: no recuerdas nada que no necesites recordar. Lo que emerge, emerge porque tiene algo que enseñarte hoy.

Hay quien pregunta por qué los niños pequeños a veces dicen cosas extrañas —“yo antes cocinaba”, “yo ya estuve en este lugar”, “yo antes hacía esto”— como si hablaran desde otra vida. La explicación es hermosa: la mente tarda en anclarse por completo al cuerpo físico. Un niño chiquito ni siquiera calcula bien las dimensiones de su propio cuerpo; su mente todavía no está del todo aterrizada en esta experiencia terrena, y por eso conserva memorias más frescas. Se dice que en el canal del parto se borran casi todas las memorias conscientes de otras vidas. Pero algunas quedan, o se manifiestan más tarde, porque son necesarias.

Si quieres profundizar en todo esto, hay un libro que recomiendo siempre: Muchas vidas, muchos maestros, del psiquiatra Brian Weiss, donde cuenta su propia experiencia clínica con las regresiones. Lo que él describe, y lo que nosotros vemos una y otra vez, es que muchas veces basta con entender por qué me siento de cierta manera para que la realidad se transforme, y el cambio ocurra en la vida de forma casi inmediata.

Y hay un regalo, quizá el más grande, que me han dado estos procesos. En este plano solemos ver mucha injusticia, y con razón nos duele. Pero cuando amplías la mirada hacia el mundo de las regresiones, aparece algo que yo prefiero llamar equilibrio. No sé si “justicia” sea la palabra correcta, pero uno empieza a darse cuenta de procesos que se acomodan de maneras profundamente coherentes. Empiezas a entender lo perfecto que es que hayas nacido exactamente como naciste: en este cuerpo, con esta estatura, en este país, con estos padres, en estas condiciones. Porque este, justamente este, es el mejor lugar para que crezcas.

El poder de las creencias

Llegamos a una de las piezas más importantes de este primer capítulo, porque sostiene todo lo demás.

Una creencia es el conjunto de principios e ideas con los que una persona interpreta el mundo. Vienen de muchas fuentes: la educación, la cultura, la familia, los traumas del pasado, las experiencias que se repiten. Pero quiero que se te grabe una sola idea, la más importante de esta sección:

Las creencias no están basadas en la realidad ni en la lógica. Son una realidad subjetiva. Son un filtro.

Déjame contarte una historia que lo ilustra mejor que cualquier explicación. Un hombre iba al psiquiatra convencido de que estaba muerto. Insistía en que era un cadáver, un no-vivo. El psiquiatra, con paciencia, le preguntó: “¿Y usted cree que los cadáveres sangran?”. “No, claro que no —respondió el hombre—, los cadáveres no sangran.” “Perfecto. Hagamos un experimento.” Le pinchó un dedo con una aguja. Salió una gota de sangre. Y el hombre, mirándola anonadado, concluyó: “Vaya… los cadáveres sí sangran.”

Así de fuertes son las creencias. No se rinden ante la evidencia: reinterpretan la evidencia para seguir teniendo razón.

Piensa en el filtro del rechazo, que es de los más comunes. Una persona que lo carga entra a una fiesta y, aunque nadie le diga nada, aunque todos la traten con amabilidad, aunque la hayan invitado por gusto, va a pasarse la noche entera convencida de que la critican, de que huele mal, de que la están juzgando. Se pone unos lentes de rechazo y con esos lentes ve todo lo que ocurre a su alrededor. La realidad no importa: el filtro decide.

Y luego está mi imagen favorita para hablar de por qué cargamos creencias que ya no nos sirven: el elefante encadenado. De pequeño, al elefantito lo atan con una cadena a una estaca, y por más que jala no puede soltarse. Pero el elefante crece, se vuelve enorme, poderoso, y sigue amarrado a la misma cadena que ahora podría romper sin esfuerzo. No lo hace. ¿Por qué? Porque no se da cuenta de que ya creció. Sigue siendo, en su mente, aquel pequeño que no podía.

Nosotros hacemos lo mismo. La mente, aunque no lo creas, muchas veces es la más lenta de la clase. Cuando te mudaste a vivir solo por primera vez, lo más probable es que las primeras semanas siguieras usando un solo cuarto de tu casa nueva —la recámara, el baño, la cocina— como si todavía vivieras en el cuarto de la casa de tus papás. El cerebro tarda en entender que el mundo cambió. Y por eso, a veces, ante ciertas situaciones no responde tu adulto: responde tu niño interno, bajo el mismo patrón de siempre, sin que te des cuenta de que ya creciste, de que ya podrías romper la cadena.

Buena parte de este trabajo consiste, justamente, en eso. En darte cuenta.

Tu primera experiencia

Hasta aquí hemos hablado. Ahora quiero que sientas, aunque sea un poco, porque este libro no está hecho solo para entenderse con la cabeza, sino para vivirse.

Si puedes, busca un lugar cómodo y firme, donde puedas recargar todo el peso de tu cuerpo. No algo tambaleante: algo estable, donde puedas soltarte por completo. Y cuando estés listo, sigue estas líneas despacio, sin prisa.

Cierra los ojos y lleva tu atención a la respiración. Deja caer todo el peso de tu cuerpo sobre la silla o el sillón. Recorre tu cuerpo de los pies a la cabeza, y en cada zona donde encuentres tensión, dureza o una molestia por pequeña que sea, hazla consciente, muévela apenas si lo necesitas, y déjala salir. Suelta y descansa. Disfruta relajarte.

Ahora imagina que estás en tu casa, una mañana de sol, con la luz entrando de colores por la ventana. Te sientes con energía, con ganas, muy feliz. Tus movimientos son ágiles y suaves, sin ningún dolor. Nada, en este momento, puede arruinar tu día.

Caminas hasta una habitación y abres la puerta. Y ahí, en el piso, ves algo que te detiene: tachuelas, insectos, pequeñas cosas que pican, esparcidas por todas partes. De inmediato entiendes qué son. Esas tachuelas son todo lo que permites que arruine tu día: la fatiga, la inseguridad, la intolerancia, esa sensación de no ser suficiente. Y sabes que si intentas cruzar descalzo te van a lastimar. Te quedas ahí, paralizado en el umbral, porque del otro lado de esa habitación está justo lo que más deseas —la calma, el reconocimiento, la voluntad, la energía, la seguridad —, pero parece imposible llegar sin sufrir.

Y entonces, de tanto mirarlas, algo se revela. Te das cuenta del engaño. Esas cosas no existen. Son un invento de tu mente. Míralas de cerca: los insectos son muñequitos de plástico; las tachuelas, apenas imperfecciones de una alfombra vieja. Lo que se veía tan amenazante es mucho más inofensivo de lo que pensabas. Así que bárrelas con tu mente, o simplemente ignóralas, y al ignorarlas desaparecen. El piso queda libre. El camino, abierto.

Cruza. Y del otro lado, recíbete con estas palabras, dichas para ti: mi estado natural es la armonía. Yo soy seguro, yo soy segura. Soy naturalmente tolerante. La vida reconoce mi valía, y sigo aquí. Yo logro lo que me propongo.

Quédate un momento ahí, sintiéndolo. Y cuando quieras volver, hazlo despacio: mueve los dedos de las manos, los dedos de los pies, y abre los ojos, sin prisa, a una realidad un poco distinta de la que tenías al empezar.

Este fue apenas un primer ejercicio, ligero, una probadita. Con el tiempo aprenderás a entrar en estados mucho más profundos, y a acompañar a otros hacia ellos. Pero quería que, desde este primer capítulo, tu cuerpo empezara a entender algo que tu mente todavía está procesando: que esto no es teoría. Que funciona. Que ya empezó.

Antes de pasar la página

Si algo quiero que te lleves de este primer capítulo es esto. Ya tienes el piano. Siempre lo has tenido. Lo que no tenías era a alguien que se sentara a tu lado a mostrarte dónde están las notas. De eso se trata todo lo que sigue.

En el próximo capítulo vamos a empezar a bajar al cuerpo, literalmente, y a trabajar con el primero de los grandes sistemas: el locomotor, el de los músculos, el del movimiento. Antes de llegar ahí, te dejo una pequeña invitación. Busca una imagen del sistema muscular y obsérvala con calma. Y pregúntate: ¿qué crees que simboliza el músculo para el inconsciente? ¿Con qué emoción, con qué impulso lo asociarías: la energía, el movimiento, el miedo? ¿De dónde crees que nacen sus dolencias más comunes?

No busques la respuesta correcta. Busca tu respuesta. Escríbela a mano. Y nos vemos en la siguiente página.

Este fue el último capítulo de cortesía

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