Prólogo
Durante años me dediqué a enseñarle a la gente a tocar un instrumento que ya traía puesto y que nunca había sabido usar. No un piano de madera: su propia mente. Este libro nació de esas horas —cientos de ellas, con Luz Alicia a mi lado— viendo a personas comunes descubrir que dentro de ellas había un músico esperando desde siempre.
Quiero ser honesto contigo desde la primera página, porque de esa honestidad depende todo lo demás. Lo que vas a leer aquí no es un tratado de medicina, y no te va a pedir que creas en nada. Hay una parte de este trabajo que la ciencia ya respalda con solidez: que la hipnosis alivia el dolor y la ansiedad, que el estrés sostenido enferma el corazón, la digestión y las defensas, que la mente y el cuerpo se hablan sin parar en un idioma que apenas empezamos a entender. De eso hablo con la seguridad de quien pisa tierra firme. Pero hay otra parte —las regresiones a otras vidas, la lectura simbólica de cada órgano, la idea de que una emoción vive dentro de un riñón— que no te voy a vender como una verdad de laboratorio, porque no lo es, y porque no necesito que lo sea.
Aquí está el corazón de mi postura, y te pido que la tengas presente en cada capítulo: estas herramientas funcionan como marcos. Son historias poderosas, mapas que le dan sentido al sufrimiento y le abren al cuerpo una puerta para sanar. Cuando alguien vuelve de una regresión y por fin suelta un dolor que cargó durante años, a mí no me quita el sueño si aquella vida fue “literalmente” real o si fue la manera que encontró su mente de contarse una verdad que no cabía en palabras. Lo que importa es que algo se soltó. Que la persona salió más libre de como entró. La honestidad de decirlo así —esto sana, aunque no sepamos exactamente por qué— no le resta nada al trabajo. Al contrario: es lo único que lo vuelve digno de confianza.
Por eso la frase que más repito a mis alumnos, y que ahora te heredo a ti, es esta: no te pido que lo creas; te pido que lo hagas. No leas este libro como quien recibe un dogma. Léelo como quien recibe un instrumento, y siéntate a probar las teclas. Los ejercicios que vas a encontrar en cada capítulo no están para adornar la teoría: son la teoría. Sin ellos, esto es apenas un texto interesante. Con ellos, empieza a ser tuyo.
Una última cosa antes de que pasemos la página. Este libro está compuesto, como una pieza musical, en dos movimientos. El primero se llama Las notas: ahí recorremos el cuerpo entero, sistema por sistema —los músculos que te mueven, el agua que te limpia, el aire que te sostiene, el corazón que te marca el ritmo, las defensas que te cuidan—, y aprendemos, tecla por tecla, el instrumento. El segundo se llama La melodía: ahí las piezas se unen, y emprendemos el viaje hacia adentro —a las partes que te habitan, a la infancia, al vientre, a las vidas que tu memoria profunda guarda como historias por resolver — hasta que, al final, el libro cambia de manos y eres tú quien aprende a guiar. Porque esa es, en el fondo, la única razón por la que vale la pena aprender todo esto. No para saber más. Para poder, algún día, encenderle la vela a alguien que está a oscuras, como alguien te la encendió alguna vez a ti.
Bienvenido. El piano lleva toda la vida esperándote.
— Eduardo Benfield