II
Un lunes, sin aviso, el papel de estraza ya no estaba en el clavo.
En su lugar, sobre el banco, había una tabla de pino cepillada y un aparato que yo no conocía: un taco de madera dura, encino por el peso, atravesado por una varilla con una punta de acero en el extremo, y un tornillo de mariposa para fijarla. Lo levanté con las dos manos, como se levanta lo que puede ser un examen. El maestro pasó a mi lado con unas tablas al hombro y dijo, sin detenerse:
—Gramil.
Y ya. Esa fue toda la clase. Tardé la mañana entera en entender que el aparato no rayaba solo: había que arrimarle el taco a un canto de la tabla, apretarlo ahí, y entonces la punta corría paralela a ese canto, a la distancia que uno hubiera fijado, y dejaba una raya fina, hundida, pareja, que ni el mejor de mis cien días de líneas habría soñado. La primera vez que la vi correr me quedé quieto. Ahí estaba, hecha en dos segundos y sin mérito de mi mano, la línea que yo llevaba un mes persiguiendo.
Pero el gramil tenía una condición, y la condición era el asunto. La punta no sabía nada. Todo lo que la raya tenía de recta lo tomaba prestado del canto en que se apoyaba el taco. Si el canto venía limpio, la raya salía limpia. Si el canto traía una onda, la raya la copiaba fielmente, con la fidelidad estúpida de los aparatos, y una tarde eché a perder una tabla entera por confiarle el taco a un canto que se veía bueno y no lo era. El maestro recogió la tabla, la miró como miraba él, por el filo, con un solo ojo, y la puso en el montón de los pedazos sin decirme nada, que era su manera de decirlo todo.
Esa noche, barriendo, lo entendí, y lo entendí con una molestia que no supe nombrar entonces y que ahora puedo: nada se mide solo. La línea a mano libre, mi línea, la del papel de estraza, no le rendía cuentas a nadie: salía de mí y se le juzgaba contra nada, contra el aire. Por eso era mía y por eso era chueca. La raya del gramil era perfecta porque era obediente: toda ella era referencia, no tenía ni un milímetro propio. Y el canto contra el que se apoyaba había sido cepillado por el maestro, y el cepillo afilado por el maestro, y la piedra de afilar asentada quién sabe cuándo por las manos de quién. Uno iba siguiendo la cadena de cantos, de un apoyo al apoyo anterior, y al final de todos los eslabones no había un principio: había un viejo en una esquina, haciendo shhh, shhh, con el cepillo.
A mí eso me molestó. Quiero dejarlo escrito porque es fácil, contando la propia historia, irse poniendo dócil antes de tiempo. Me molestó medir mi trabajo contra el trabajo de otro hombre. Me molestó que la perfección fuera prestada. A los dieciséis años uno quiere que las cosas salgan de uno, como el dibujo, como la firma, y el gramil me estaba enseñando lo contrario: que en ese taller nada valía por salir de alguien, sino por apoyarse bien en lo que ya estaba. Todavía no sabía yo hasta dónde llegaba esa regla. Todavía creía que era una regla de carpintería.
∧
Por esos días conocí las dos aritméticas del taller.
La primera era la del maestro y no usaba números, o los usaba como se usa la sal, sin mirarlos. Lo veía cubicar una troza a ojo, pasarle la cinta después nomás por cortesía, y acertarle al pie de tabla con un margen que daba risa. Los números le salían del cuerpo. Nunca lo vi apuntar uno.
La segunda aritmética vivía detrás de la puerta del fondo, la de mi raya de luz, y los viernes salía.
Salía en forma de una mujer que yo había visto en el pueblo sin saber que era del taller: mayor que yo, unos diez años, con un suéter guinda y un lápiz en la mano que no soltaba ni para saludar, si es que hubiera saludado. Era la hija del maestro. Los viernes por la tarde abría esa puerta, cruzaba el taller sin pisar el aserrín, cosa que yo nunca aprendí a hacer, y le ponía delante al maestro un cuaderno de forma francesa abierto en la página del día. No le decía "mira" ni "firma". Se lo ponía delante, como se le pone el plato a alguien que va a comer quiera o no.
De esa puerta del fondo, dicho sea de una vez, la única del taller que tenía paso franco era la Chata. La vi meterse detrás de la mujer más de una vez, sin pedir permiso ni recibirlo, y quedarse allá adentro tardes enteras, y nadie de este lado la extrañaba ni nadie del otro la anunciaba. Los reinos de aquella casa estaban muy deslindados y la perra vieja era la única con pasaporte.
La primera vez que presencié la ceremonia, la oí decir:
—El ropero de los Garduño. Lo diste a ciento veinte. La madera sola costó noventa y cuatro.
El maestro tenía una gubia en la mano. La siguió afilando.
—Son veintiséis pesos de tu semana, papá. De las dos semanas.
El maestro probó el filo en la uña del pulgar, lo encontró bueno, y volvió a su banco. La hija cerró el cuaderno sin azotarlo, que fue lo que más me impresionó, lo cerró despacio, con el cuidado de quien guarda un arma que va a volver a necesitar, y regresó a su puerta, y debajo de la puerta siguió la luz hasta mucho después de que yo cerrara.
Esa noche hice mi propia cuenta, la primera cuenta que hice en ese taller: el ropero de los Garduño, que yo había visto salir, cargado entre dos, con sus copetes torneados y sus bisagras escondidas, valía en la mueblería de la carretera el doble de ciento veinte. Lo sabía porque yo conocía esa mueblería. Era nueva, tenía un letrero naranja pintado por rotulista bueno, y de su bodega salía una camioneta que repartía por todo el rumbo roperos que pesaban la mitad, costaban el doble y estaban ya pagándose a plazos en la mitad de las casas del pueblo, incluida, aunque me tardé en saberlo, la mía.
Al dueño lo llamaré aquí el de la carretera, porque así le decían todos, hasta que las cosas cambiaron y empezaron a decirle de otro modo. No era mala gente. Conviene que eso quede claro desde ahora, porque esta historia sería más cómoda con un malo enfrente y no lo tiene. Saludaba de mano, fiaba parejo, entregaba cuando decía. Sus muebles eran de aglomerado con chapa, ensamblados con tornillo y pegamento blanco, y duraban lo que dura la moda que los pedía, y a casi nadie en el pueblo, en aquellos años en que el pueblo empezó a querer ser ciudad, le pareció que eso fuera un defecto. Un mueble ligero se muda fácil. Nosotros hacíamos muebles para gente que ya no iba a existir: gente que se quedaba.
Desde mi banco, por la ventana alta, se veía un pedazo de su lote: láminas apiladas, todas idénticas, del color parejo del aserrín prensado. Me descubrí mirándolas más de una vez. No con desprecio. Con una atención que no le confesé a nadie. El Chopias, en cambio, tenía su postura tomada: cada vez que la camioneta del rumbo naranja pasaba por la calle, salía a ladrarle con una convicción que nadie le pedía ni le pagaba, la escoltaba a gritos hasta la esquina, y regresaba muy satisfecho de un trabajo que solo él veía. Era el único de nosotros con la doctrina completa.
∧
La tabla estaba arrimada a la pared del fondo, aparte de las demás, y era la mejor madera que yo había visto en mi vida: un tablón de cedro rojo, ancho como no vienen ya, con una veta que daba vueltas sobre sí misma como agua honda. Yo lo tenía visto desde el primer día. Le había inventado destinos: la tapa de un escritorio, la puerta de algo importante. Un martes que el maestro parecía de buenas, si eso se le podía calcular, me atreví:
—¿Y ese tablón?
Estaba cortando espigas. Contestó sin voltear a verlo, lo cual me indicó que sabía perfectamente cuál, que lo tenía tan presente como yo:
—Ya se secó.
Lo dijo como se dice de un difunto, y a la vez como se dice de una fruta que por fin está buena, y yo no supe, lo juro, no supe con cuál de los dos tonos quedarme. Pregunté cuánto tiempo llevaba ahí. Me dijo que nueve años. Pregunté, porque a esa edad no se sabe cuándo parar, que esperando qué. Entonces sí dejó la espiga, y me miró, y fue de las primeras veces que me miró a mí y no a mi trabajo:
—El encargo que lo merezca.
Y volvió a su corte. Nueve años, pensé yo, guardando la mejor pieza del taller mientras enfrente, en la carretera, vendían el doble de caro el aserrín prensado de sus sobras. Me pareció una forma de locura. Me lo pareció durante años, y quiero ser honesto: hubo días, mucho después, en que todavía me lo pareció. La diferencia es que para entonces yo ya sabía de cuál locura era hija y a quién había enterrado.
∧
El viernes siguiente, la hija cruzó el taller con su cuaderno y, al pasar junto a mi banco, se detuvo. Fue la primera vez. Miró la tabla en que yo practicaba: llevaba días marcando con el gramil pares de rayas a la misma medida, una desde cada canto, buscando que murieran juntas en el centro, que es un ejercicio que nadie me puso y que yo me había inventado para averiguar si los dos cantos de una misma tabla decían la misma verdad.
Miró las rayas. Miró el gramil. Dijo, sin ningún tono, como quien lee un saldo:
—Ese aparato costó más que tu primer mes.
Y siguió de largo hacia su padre, con las cuentas de la semana.
Yo me quedé mirando mis dos rayas, que venían corriendo una hacia la otra desde cantos opuestos, medidas con el mismo gramil, a la misma distancia, por la misma mano. Se habían encontrado en el centro de la tabla. Casi. Quedaba entre ellas un escalón delgadito, del grueso de un pelo, que decía que uno de los dos cantos mentía, o los dos, o que la tabla era más ancha en una punta que en otra, o que este mundo no tiene dos orillas que estén completamente de acuerdo. Pasé el pulgar por el escalón. Ahí estaba. Casi nada.
Casi.