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Fuera de escuadra · Capítulo 1 de 11
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Capítulo 1 de 11≈ 12 min de lectura

I

fuera de escuadra. Dicho de una pieza: que no forma ángulo recto con la que le corresponde. Una desviación mínima en la base se multiplica en cada pieza que se apoya sobre ella.

El primer día, el maestro me quitó la regla.

Yo había llegado con mis instrumentos envueltos en un trapo, como llega uno a los lugares donde piensa demostrar algo: la regla de mi padre, un compás al que le faltaba la tuerca, dos lápices con punta. El maestro desenvolvió el trapo sobre la mesa, apartó la regla y el compás con el dorso de la mano, igual que se apartan las migas, y me dejó un lápiz.

—Recto —dijo—. Cien veces.

Señaló un papel de estraza clavado al banco. Después se fue a su esquina del taller y no me volvió a mirar en toda la mañana. Eso yo entonces no lo sabía, pero era la última vez en mucho tiempo que alguien me iba a decir cuántas.

Tracé la primera línea con desprecio. Me salió despreciable. Tracé la segunda con atención, para demostrarle al papel que la primera había sido a propósito, y me salió peor, porque la atención que uno pone para demostrar algo no es atención: es teatro. La tercera la hice lento. La cuarta rápido. A la décima ya había descubierto lo que cualquiera descubre a la décima, que es que la mano tiembla, que el pulso se vive en la punta del lápiz como se vive el propio corazón en el oído cuando uno se acuesta del lado izquierdo, y que ninguna de esas líneas era recta ni lo iba a ser.

A mediodía llevaba sesenta y tantas. El papel parecía el pelaje de un animal enfermo.

Yo tenía dieciséis años y sabía dibujar. Eso era, en mi pueblo y a mi edad, una manera de decir que sabía copiar: copiaba fachadas del catálogo de una ferretería de la capital que el padre Solís guardaba en la sacristía sin saber para qué, copiaba las casas nuevas de la carretera, con sus ventanales de aluminio, copiaba una vez una iglesia entera de un billete. La gente decía este muchacho tiene mano. Mi padre lo decía distinto. Mi padre decía este muchacho tiene ojo, y me prestaba la regla con las dos manos, como se presta lo que todavía se está pagando.

De mi padre voy a hablar poco porque él hablaba poco, y me parece justo. Diré por ahora lo que el pueblo entero sabía: que murió en abril, en la semana de las jacarandas, y que aquel abril llovió. Las jacarandas son puntuales: por marzo el rumbo entero se va poniendo morado, sin pedirle permiso a nadie, y unas semanas después ya están alfombradas las calles y uno pisa flores quiera o no. Lo otro no era puntual. En este valle el agua empieza en mayo, eso lo sabe cualquiera, mayo avisa y junio cumple, pero ese año el cielo se adelantó sin permiso y llovió tres días seguidos en plena primavera, un agua fina, fuera de lugar, que la gente miraba desde las puertas sin saber si taparse. La lluvia tumbó la floración de un jalón. Fuimos al camposanto pisando jacaranda mojada, que no truena como la seca sino que se queda callada y pegada a la suela, y desde entonces ese morado oscurecido de agua es para mí el color exacto de aquel año. Yo después he visto llover en abril otras veces, pocas, y siempre me acomodo el cuerpo como quien oye que lo llaman por su nombre en un pueblo donde nadie lo conoce. Y las jacarandas no me hace falta verlas: las huelo venir desde febrero, como quien oye subir la marea. Diré también que debía dinero, y que el taller de don— el taller del maestro quedaba a cuatro puertas de la casa donde ya no vivíamos. Mi madre habló con él un jueves. No sé qué le dijo. Sé que el viernes yo estaba parado frente a ese banco con mi trapo de instrumentos, creyendo que venía a trabajar de lo mío mientras se arreglaba lo demás, y que el taller me pareció, la primera vez que lo vi por dentro, un lugar donde esperar.

Olía a viruta, pero no como huele en las historias. Olía también a aceite quemado, a pegamento de hueso, que apesta, y al sudor de un hombre que trabajaba a cuatro metros de mí como si yo fuera un mueble más en reparación. No había nada bello que mirar. Había madera arrimada a las paredes en un orden que yo no entendía, herramientas colgadas por tamaños, aserrín barrido en montones, y luz: eso sí, una luz alta de tejaban, pareja, que no dejaba sombra donde esconder una línea chueca.

Y había dos perros.

Al grande lo conocí porque vino él: un perro bayo, medio bóxer y medio lo que haya sobrado, con la trompa aplastada y una alegría sin administración, que a media mañana decidió que yo ya llevaba mucho rato sin ser olido, cruzó el taller y me puso las dos patas en el muslo con todo su peso y toda su baba. El maestro dijo "Chopias", una palabra, sin voltear, y el perro se bajó y se fue a echar con el aire del que igual ya había terminado. La otra era una perra vieja color humo, cuadrada, de cabeza ancha y pecho de pleito, con cicatrices antiguas mal repartidas por el hocico y las orejas, que dormía enroscada en la viruta del rincón como una cosa más del taller. Le decían la Chata. La Chata no vino a olerme ese día ni en muchos meses: abrió un ojo cuando pasé cerca, me cobró el paso con ese ojo, y lo volvió a cerrar.

A mediodía, antes de comer él, el maestro les servía. A la Chata primero. Siempre a la Chata primero, en su cazuela despostillada, y algunas veces, si ella tardaba en levantarse, que ya tardaba, le acercaba el bocado con la mano y esperaba en cuclillas a que lo tomara. Un hombre que a mí no me había dicho ni el nombre, en cuclillas, dándole de comer en la mano a una perra vieja. Nadie comentaba eso, como nada.

Y arriba de todos, en el sentido llano de la palabra, porque vivía en alto, estaba el Güero.

El Güero era un gato anaranjado, ancho, con la cara redonda y una cicatriz que le partía una ceja, que administraba el taller desde los lugares altos: la pila de tablones, el travesaño de la ventana, el lomo de la Chata cuando la Chata estaba de humor de prestarlo. No bajaba a saludar. Bajaba a comer, a asolearse en el umbral estorbando con pleno derecho, y a pasar revista, que era una vuelta lenta que daba por el taller a media mañana, entre los bancos, con la cola en alto, mirándolo todo como se mira lo propio. A mí me revisó la primera semana entera, de lejos, y un día se subió a mi banco, se sentó sobre mis trazos, y ya no hubo más trámite: quedé admitido.

Ninguno de los tres era de nadie, esto lo fui entendiendo con los meses. Eran del taller, que no es lo mismo. Habían llegado de la calle, cada quien en su año, y de la calle conservaban la soberanía: nombres tenían porque la gente no sabe querer sin nombrar, pero puertas no, y se iban y volvían según sus asuntos. El maestro les ponía el agua y la comida; la hija, me fui fijando, les curaba lo que traían de sus campañas, con violeta de genciana, sin hacerles plática; y ellos pagaban como pagan los animales, que es estando, que parece poco y es lo que más falta hace.

A la una, el maestro se limpió las manos con un trapo que era hermano del mío y vino a ver el papel.

Lo que hizo entonces me duró años.

Tomó la hoja. La miró dos segundos, no más, el tiempo que se le da a un recibo. La volvió a dejar en el banco, sin romperla, sin señalarme un error, sin decir una palabra, y con el mismo dedo con que la había sostenido señaló el papel en blanco del clavo.

Y se fue a comer.

Yo me quedé con mis sesenta y tantas líneas y con la certeza, que a los dieciséis años arde como brasa en mano cerrada, de que ese hombre no me había mirado a mí. Había mirado el papel. A mí no me había mirado nadie desde abril, y yo había venido a este taller, aunque no lo hubiera pensado con estas palabras, a que alguien me mirara. El maestro miró el papel dos segundos y el papel no aguantó ni uno.

Esa tarde tracé las que faltaban de puro coraje. El coraje traza mejor que el teatro, eso también lo aprendí ese día, aunque tardé años en saber que lo había aprendido.

Los días siguientes fueron el mismo día.

Llegaba a las siete. El maestro ya estaba, siempre ya estaba, de modo que nunca supe a qué hora abría el taller ni lo vi abrir la cortina, y esa puntualidad suya sin testigos me pareció primero una exageración y mucho después otra cosa. Me señalaba el banco. Yo trazaba. Él trabajaba en su esquina, cepillando, y el cepillo hacía un ruido de respiración larga, shhh, shhh, que era la única conversación del taller y con los años se me metió tan adentro que todavía hoy, cuando no puedo dormir, lo oigo.

Cien líneas en la mañana. Cien en la tarde.

Al cuarto día pedí trabajo de verdad. Lo pedí mal, con la voz que usaba entonces para todo, una voz que iba adelantada media cuadra a lo que yo era:

—Yo sé dibujar. Puedo ayudarle con algo más que rayas.

El maestro no levantó la vista del cepillo.

—Ya sé que sabes dibujar —dijo—. Por eso las rayas.

Tardé mucho en perdonarle esa frase. Más en entenderla. La entendí completa una noche de muchos años después, en este mismo taller, solo, pero eso no le toca a esta parte de la historia.

Lo que le toca a esta parte es la humillación, y quiero contarla bien porque después he oído a mucha gente contar mal sus humillaciones, adornarlas, volverlas anécdota de sobremesa. La mía fue así: yo era el muchacho que tenía mano, el que tenía ojo, el hijo del difunto que dibujaba iglesias de memoria, y me pasaba diez horas al día rayando papel de envolver mientras a cuatro metros un viejo seco hacía, sin mirarme, las cosas que yo creía merecer. No había crueldad en él. Eso era lo peor. La crueldad se puede odiar con comodidad. Había un hombre al que mi talento, la única moneda que yo traía, no le compraba nada.

Una semana entera estuve por no volver. Cada tarde lo decidía y cada mañana a las siete estaba en el banco, y no por nobleza: porque en mi casa se debía dinero y este era el arreglo, y porque no tenía, fuera de ese banco, ningún lugar donde alguien esperara encontrarme.

Fue en esos días cuando dejé de mirar la puerta.

No sabría ponerle fecha. Solo sé que una mañana me descubrí comparando mi línea ochenta y dos con la ochenta y uno, con interés, con un interés real y menudo, de a centavo, en si la panza que hacían todas hacia la derecha se estaba achicando o era idea mía. Se estaba achicando. Muy poco. Menos que el grueso del propio trazo. Pero yo lo veía, y estuve un rato largo mirando esa diferencia de casi nada, y cuando levanté la cabeza ya era mediodía y no había pensado ni una vez en la calle.

No diré que ese día empecé a querer el oficio, porque sería mentira y este es un libro de cosas derechas. El oficio no se me daba a querer todavía, ni yo estaba para querer nada. Diré lo que fue: dejé de estar de paso. El taller ya no era el cuarto donde yo esperaba a que empezara mi vida. Era el cuarto donde había una panza terca en mis líneas, tirando a la derecha, y yo quería verla caer.

El maestro no comentó nada, entonces ni nunca. Pero por esas fechas, sin anunciarlo, empezó a dejarme el lápiz afilado por las mañanas. Lo afilaba él, a navaja, con siete cortes. Los conté muchas veces: siete. Tardé en darme cuenta de que aquello era un salario.

Con las semanas cambió la cuenta.

Al principio yo contaba para terminar: cuarenta y faltan sesenta, noventa y ya casi. Era la cuenta del preso, que mide la pared. Después, sin decidirlo, empecé a contar de otro modo: la treinta y dos salió mejor que la treinta y uno, la cincuenta se torció donde siempre, al tercio del trazo, ahí donde la mano deja de empujar y empieza a jalar. Descubrí que la línea tiene ese vado, ese cambio de mando a la mitad del camino, y que ahí se pierde o se salva. Descubrí que respirar importaba, que la línea que se traza soltando el aire sale más entera que la que se traza guardándolo, y que las mejores me salían cuando ya no me importaban tanto, lo cual me pareció una injusticia, y me lo sigue pareciendo, y he llegado a pensar que es la única injusticia que tiene ese trabajo.

Nada de eso me lo enseñó el maestro. El maestro me enseñó el banco, el papel y el número cien. Lo demás lo fue soltando la línea, de a poco, como suelta prenda un testigo que ya se cansó de callar. Muchos años después oí a un hombre de la capital decir que a los muchachos hay que explicarles el porqué de las cosas para que aprendan. Me acordé del papel de estraza y no dije nada. Hay porqués que explicados valen una tarde y descubiertos valen una vida, y el oficio de mi maestro, ahora lo sé, consistía en saber cuáles eran cuáles y en tener la paciencia de esconderlos donde yo los fuera a encontrar.

Una tarde de julio, con las lluvias ya encima, el maestro se limpió las manos a las siete, descolgó su sombrero y me dijo la frase más larga que me había dicho hasta entonces:

—Cierras tú. La llave se queda en el clavo de adentro.

Y se fue.

Yo tenía la línea setenta y cuatro a medias. Podía haberla dejado. Era ya la hora, llovía parejo sobre el tejaban, en mi casa había cena, poca, pero había. Me quedé. No por aplicación, que es una virtud de catálogo y yo no la tenía: porque la setenta y tres me había salido casi buena y yo quería saber si era ella o era yo.

El taller de noche era otro animal. La luz alta se apagaba con la última claridad y quedaba nomás el foco del banco, un círculo amarillo con mi papel adentro, y todo lo demás, la madera arrimada, las herramientas por tamaños, el cepillo dormido en su esquina, se volvía bulto y respiración. Olía más fuerte a viruta mojada. Afuera el agua. Yo trazaba y el lápiz, en ese silencio, sonaba: un ruidito seco de arrastre, parecido al cepillo del maestro pero en chiquito, y me acuerdo de haber pensado, con vergüenza de pensarlo, que era como si el taller me hubiera dejado hablar un rato ahora que no estaba el que hablaba.

En eso levanté la cabeza para descansar el ojo y vi la luz.

Al fondo del taller había una puerta que yo tenía por bodega, porque nunca se abría. Debajo de ella salía una raya de luz amarilla, quieta, delgada como las mías pero recta como ninguna. Pensé que el maestro había dejado un foco prendido y hasta di dos pasos para ir a apagarlo, por quedar bien, y entonces oí, del otro lado, un ruido menudito y parejo que no supe reconocer. Ahora sé que era un lápiz, otro lápiz, corriendo sobre papel cuadriculado, sumando. Esa noche no lo supe. Esa noche era yo muy joven y estaba muy ocupado, y decidí que sería el aguacero en algún acrílico del techo, y volví a mi banco, y no le conté a nadie, y pasaron años antes de que yo entendiera que esa raya de luz debajo de esa puerta era la línea más derecha de todo el taller y la que más caro costaba.

Tracé hasta la noventa y seis.

La noventa y siete salió torcida desde el arranque, con la panza vieja, la de la primera semana, que yo creía vencida. Así vuelve lo torcido: cuando uno ya se felicitó. La miré con un cansancio que no era de la mano. Arranqué la hoja del clavo, la rompí en dos, en cuatro, la dejé en el montón del aserrín, y clavé papel nuevo.

Afuera seguía lloviendo. La llave estaba en el clavo de adentro. Nadie me esperaba a mí para nada en ninguna parte, y por primera vez desde abril eso no me pareció una desgracia sino un ancho, un campo abierto, cien líneas de largo.

Empecé otra.

Sigue: II
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