EL RUIDO NUEVO
A las que salieron
y descubrieron que una parte suya
se había quedado adentro.
Nota para quien va a leer
Esta novela trata sobre coerción, trata de personas, condicionamiento psicológico y las secuelas que deja el abuso prolongado. No hay violencia sexual explícita en estas páginas, pero el sistema que se describe existe para eso y el libro no lo disimula.
Si algo de lo que aquí se cuenta te toca de cerca, léelo despacio o déjalo para otro momento. El libro va a seguir aquí.
«La locación 12 admitía a quien llegaba. Casa Serena no admite. Casa Serena invita.»
— Manual Operativo Casa Serena · Revisión 1
«Toda exposición pública tiene vida media. La nuestra fue de nueve días. La lección no es evitar la exposición. Es dimensionar la memoria del público.»
— Informe de Lecciones Aprendidas · Análisis del Incidente L-12 Sección 1: Sobre el ruido
VALERIA
La brocha vuelve a mi cara por cuarta vez.
—Sudas mucho —dice la maquillista. No es un reproche. Es un dato.
Tiene razón. El estudio está helado —lo tienen a diecinueve grados por los cañones, la chica del floor trae suéter— y aun así sudo desde la nuca, por debajo del pelo, en una línea delgada que baja y se pierde en el cuello de la blusa que me prestaron. La blusa es azul. Me la eligieron porque el azul transmite confianza. Alguien lo dijo en voz alta, en una junta, frente a mí, como si yo no estuviera en el cuarto.
La brocha otra vez. Polvo traslúcido. Un olor dulce y seco que se me queda en la garganta.
—Cierra los ojos.
Los cierro.
Es lo primero que hago siempre. Cierro los ojos y algo en mí se acomoda, se afloja un milímetro, y odio ese milímetro con todas mis fuerzas. Cuento hasta tres. Los abro.
En el espejo hay una mujer con la piel pareja. No tiene ojeras, no tiene la marca en el pómulo que me dejó el marco de la puerta, no tiene esa cosa amarilla que me sale abajo de los ojos cuando duermo mal. Tiene la boca del color exacto que las cámaras leen como serena.
—Quedaste increíble —dice la maquillista.
Quedé cubierta. Es distinto.
* * *
Fabián me recibe en el set con las dos manos, como si fuéramos amigos. En cierto modo lo somos: es la cuarta vez este año.
—Nada más lo de siempre —me dice, sin soltarme—. Arrancamos con el juicio, tantito de la audiencia del jueves, y cerramos contigo. Con tu proceso.
Mi proceso.
—Va —digo.
—Y si se te quiebra la voz, no pasa nada. Al contrario.
Me suelta. Se va a su silla. Un chavo con audífonos me pone el micrófono por dentro de la blusa, me pide permiso con la mano después de haberlo hecho, y yo digo sí, sí, adelante, aunque sus dedos fríos ya me pasaron por debajo del brasier.
Se prenden los cañones.
Hay una manera en que la luz de un estudio te toca. No es como el sol. El sol viene de un lugar. Esto viene de todos lados a la vez, seis fuentes, arriba, a los lados, una desde abajo para borrar la sombra de la barbilla, y el resultado es que no proyectas nada. No hay sombra. Estás encendida por completo y no dejas marca en ningún lado.
Mi cuerpo se pone tenso. Mi cuerpo siempre sabe antes.
—En cinco —dice alguien.
Y en los cinco segundos que faltan miro alrededor. El productor revisa su celular. La chica del floor revisa su tableta. El de cámara dos mira el monitor, no a mí; mira mi versión reducida y limpia dentro de un rectángulo, que es la que le importa. La maquillista ya se fue a maquillar a otro.
Somos dieciocho personas en este estudio.
Nadie me está viendo.
* * *
—Cuatro millones de personas vieron este programa la noche que cayó Casa Clara —dice Fabián a cámara—. Hoy tenemos aquí, otra vez, a la mujer que entró ahí sola.
Aplauso grabado. Aplauso de verdad de los seis que están parados atrás de las cámaras.
—Valeria. Seis meses.
—Seis meses.
—¿Cómo estás?
Aquí hay una respuesta que funciona. La tengo probada. La dije en el programa de la mañana, la dije en el pódcast de la periodista de Guadalajara, la dije en la conferencia de la universidad y funcionó las cuatro veces: bajo un poco la barbilla, dejo un silencio de dos segundos, y digo estoy aprendiendo a dormir. La gente hace un ruido con la garganta. En redes lo cortan y le ponen música.
Bajo un poco la barbilla. Dejo los dos segundos.
—Estoy aprendiendo a dormir.
Fabián hace el ruido con la garganta.
—Y tu amiga. Renata. ¿Cómo está ella?
—Está.
—Eso es mucho.
—Es todo —digo, y esa no la tenía preparada, y por eso me sale rara, con un filo que no quería.
Fabián lo agarra al vuelo. Es bueno. Por eso está donde está.
—Valeria, te voy a hacer una pregunta difícil.
Va a preguntarme por el pasillo.
—El jueves hay una audiencia clave en el caso del senador Vega. La defensa va a pedir que se excluyan los archivos. Que se saquen del juicio. Su argumento es cómo se obtuvieron.
—Sí.
—Si eso pasa. Si un juez decide que ciento veintidós megabytes de pruebas no valen porque tú entraste ahí sin permiso de nadie. ¿Qué le dirías a ese juez?
Y ahí, por un segundo, se me sale una cosa verdadera. Se me sale por debajo del maquillaje.
—Que ninguna de las cuarenta y tres firmó nada tampoco.
Silencio real en el estudio. De los buenos. El productor levanta la vista del celular por primera vez.
—Vamos a cortar a comerciales —dice Fabián—. No se muevan.
Corte. Se apagan tres de los seis cañones. El productor vuelve a su celular. La chica del floor vuelve a su tableta. Fabián se gira hacia mí sin quitarse la sonrisa de aire y me dice, bajito, con auténtico cariño:
—Esa estuvo buenísima. ¿Me la puedes repetir igual después del corte pero mirando a cámara uno? En el estacionamiento reviso el teléfono.
Ya está cortado. Cuarenta segundos, subtítulos amarillos, la parte donde se me quiebra un poco. Doce mil compartidos en cuarenta minutos.
lloré
esta mujer es una guerrera
ya la vi en tres programas, no es sospechoso
la neta ya cansa el tema
qué bonita blusa
por qué siempre pone esa cara como de que va a llorar y nunca llora
Bajo el pulgar. Sigo bajando. Es un pozo y yo tengo la costumbre de asomarme.
qué opinan de que la amiga nunca sale a hablar
o sea la rescatan y ni las gracias
seguro le está sacando dinero
Bloqueo el teléfono. Lo dejo boca abajo en el asiento del copiloto, como si eso apagara algo.
Del otro lado del estacionamiento, una señora con uniforme de limpieza me está mirando desde hace rato. Cuando ve que la vi, se acerca. Trae el celular en la mano.
—Perdón. Perdón. ¿Sí es usted?
—Sí.
—¿Me deja una foto?
Le digo que sí. Se para junto a mí, levanta el brazo, no atina, se ríe, lo vuelve a levantar. Huele a jabón industrial y a cigarro. Cuando por fin la toma, se queda mirando la pantalla y se le pone la cara seria.
—Mi hija tiene veintidós —dice—. Yo no sabía que existían esos lugares.
—Ya no existe ése.
—Ah, qué bueno.
Se guarda el celular. Me toca el brazo dos veces, rápido, con la palma, como se le toca a alguien en un velorio, y se va.
Me quedo parada en el estacionamiento. Cuatro millones de personas van a verme esta noche.
Ella fue la única que me vio hoy.
* * *
Ariadna me llama cuando voy en Río Churubusco.
—¿Ya viste lo del jueves?
—Ya.
—No es tan malo como suena. La exclusión completa no la van a lograr. Lo que quieren es partirlo: sacar los archivos que Villanueva copió con su credencial de mantenimiento y dejar los que tú fotografiaste, o al revés, según les convenga. Si logran cualquiera de los dos, se les cae la mitad del sustento probatorio.
—¿Y la otra mitad?
—La otra mitad es testimonial. —Una pausa que no me gusta—. Y la testimonial es gente.
—Gente.
—Gente que tiene que subirse a un estrado, Valeria, y decir su nombre en voz alta enfrente del abogado del senador y de veinte cámaras. Yo tengo once mujeres que firmaron su intención de declarar en agosto. Hoy tengo nueve.
Me meto al carril de la derecha sin poner direccional. Alguien me pita.
—¿Quiénes se cayeron?
—No te voy a dar nombres.
—Ariadna.
—No te voy a dar nombres porque las conozco y sé qué haces tú con los nombres. —Otra vez la pausa—. Ninguna se retractó. Nada más dejaron de contestar. Eso es lo que hacen. No se pelean contigo. Se apagan.
Se apagan.
Voy manejando y de repente tengo la boca seca de una manera muy específica, con un sabor atrás de las muelas, y sé perfectamente de dónde viene ese sabor y sé que es imposible que venga de ahí y aun así abro la ventana para que me pegue el aire.
—Valeria. ¿Sigues ahí?
—Sigo.
—El jueves te quiero atrás, no adelante. Sin blusa azul. Sin nada. Que el juez vea el expediente, no a la de la tele.
—Le voy a poner una vela a la de la tele.
Ariadna se ríe con la mitad de la boca, se le nota, y cuelga.
* * *
En Coyoacán hay una buganvilia que se está comiendo el barandal del segundo piso.
Cuando firmé el contrato, la casera me pidió disculpas por la buganvilia. Dijo que la iban a podar. Le dije que no, que por favor no. Es lo único que le pedí a este departamento: que la cosa morada siguiera creciendo encima de todo.
Subo. Meto la llave. Antes de abrir hago lo que hago siempre desde hace seis meses, que es escuchar dos segundos.
Hay ruido de sartén.
Abro.
Renata está en la cocina, de espaldas, moviendo algo con una cuchara de madera. Trae mi suéter gris. Se lo puso hace tres semanas y ya nunca me lo devolvió y ninguna de las dos ha comentado nada al respecto.
—Huele bien —digo.
—Le puse mucho comino. —No voltea—. Creo que le puse mucho comino.
—Me gusta el comino.
—A ti te gusta todo.
Dejo las llaves en el plato. Me quito los zapatos. Voy al baño y me lavo la cara con jabón dos veces, tres, hasta que el agua sale gris y luego sale limpia y en el espejo vuelve a estar mi cara, con la ojera y la marca del pómulo y el amarillo, y respiro.
Cuando salgo, ella ya sirvió dos platos.
Los dos platos están en la barra. Ella está parada junto a la barra. No sentada. Parada, con las manos una encima de la otra a la altura del ombligo, esperando.
—Renata.
Parpadea.
—Perdón —dice, y se sienta rapidísimo, como si la hubieran cachado, y agarra el tenedor con demasiada fuerza.
No digo nada. Aprendí a no decir nada. Los primeros dos meses yo decía no tienes que esperarme, siéntate, estás en tu casa, y lo decía con toda la ternura del mundo, y cada vez que lo decía ella se ponía un poco más chiquita, porque cada vez que se lo decía le estaba avisando que se le había vuelto a notar.
Comemos.
Le puso mucho comino.
—Está buenísimo —digo.
—Mentirosa.
Y se ríe. Se ríe de verdad, con los hombros, y por diez segundos esta es una casa donde viven dos amigas de treinta años y una de ellas cocinó mal.
Después me pregunta cómo me fue.
—Fabián.
—Ay no.
—Blusa azul.
—Ay no.
—Me preguntó por ti.
Renata deja el tenedor. Lo deja exactamente paralelo al borde del plato, y luego lo mueve un milímetro para que quede más paralelo.
—¿Y qué dijiste?
—Que estás.
Asiente despacio. Se queda mirando el tenedor.
—Está bien eso —dice—. Está bien. A las once y media apago la luz de la sala.
En el pasillo, la puerta de su cuarto está entreabierta. Siempre entreabierta, nunca cerrada, nunca abierta del todo. Eso lo negociamos sin hablarlo, como todo.
Adentro se oye respirar.
Yo debería seguir de largo. Llevo seis meses sabiendo que debería seguir de largo, y llevo seis meses parándome tres segundos en esta puerta, y esos tres segundos son la cosa más honesta que hago en el día.
Está de lado, hecha bolita, con la cobija hasta la oreja. La luz de la calle le llega a la mitad de la cara.
Y está contando.
No con palabras. Con el aire. Cuatro tiempos adentro. Cuatro sostenido. Cuatro afuera. Cuatro vacío. Y otra vez, y otra vez, perfecto, sin fallar uno solo, con la precisión de algo que ya no necesita a nadie manejándolo.
Dormida.
Su cuerpo lo hace cuando ella no está.
Me quedo agarrada del marco de la puerta hasta que me duelen los dedos. Adentro de mí hay una cosa que quiere entrar, y hacerla despertar, y decirle estás aquí, estás conmigo, ya no tienes que. Y hay otra cosa, más vieja y más callada, que sabe exactamente qué se siente que alguien abra tu puerta a media noche para verificar que sigas ahí.
No entro.
En mi cuarto, el clóset tiene puertas corredizas. Las dejo abiertas. Siempre. Me acuesto de manera que la primera cosa que veo al abrir los ojos sea ese hueco negro con mi ropa colgada, y en algún punto de estos seis meses dejó de ser un hueco y se volvió nada más un clóset, y no sé qué día pasó eso ni quiero saberlo.
Duermo cuatro horas. El sobre está el jueves en la mañana, abajo, con la correspondencia.
Lo veo antes de bajar del último escalón. Está encima del montón de recibos, del catálogo del súper, de un estado de cuenta del banco, y está encima porque alguien lo puso encima.
Sobre acolchado, café. Sin estampilla. Sin remitente. Mi nombre a mano, en tinta negra, con letra de imprenta muy pareja.
VALERIA CASTILLO MONTENEGRO
Me quedo parada en el zaguán con el sobre en las manos.
Doña Estela sale de su departamento con la bolsa del mandado. Le pregunto si vio quién dejó esto. Me dice que no, mija, que ella salió a las siete. Le pregunto si el portón estaba cerrado. Me dice que el portón siempre está cerrado, que qué tiene, que si estoy bien.
—Estoy bien —le digo.
Subo. Cierro con llave. Le doy vuelta a la llave otra vez para asegurarme de que le di vuelta.
Renata está bañándose. Se oye el agua.
Pongo el sobre en la mesa del comedor y lo miro un rato largo, de pie, con las dos manos en el respaldo de la silla.
Hay un sobre igual a éste en el cajón de mi escritorio. Llegó hace seis meses. Adentro había una cifra y una letra y una foto de un pasillo con hombres de blanco, y desde entonces no he sabido qué hacer con él, y todos los días lo abro y todos los días lo vuelvo a guardar.
Lo abro.
* * *
Adentro hay una fotografía y nada más.
Es una impresión. Papel bueno, no doméstico. Diez por quince.
La foto está tomada desde muy lejos y con mucho zoom, y por eso está sucia: los bordes se deshacen, hay ese granito gordo que aparece cuando la máquina tiene que inventar la luz que le falta. La tomaron a través de algo. Se ve un reflejo curvo en la esquina superior, un aro de vidrio.
Un edificio blanco.
Blanco de cal, de dos pisos, con arcos abajo y ventanas altas arriba. Atrás del edificio, la montaña. Pinos. Niebla baja, de esa que se queda a media ladera y no sube ni baja.
Y en el centro de la imagen, subiendo tres escalones hacia la puerta, una mujer joven.
Trae una maleta chica. Cabello recogido. Vestido claro. Va a media zancada, con el peso todavía en el pie de atrás, y tiene la cara girada hacia la puerta que se le abre, así que de ella solo se ve la mandíbula y una oreja y la línea del cuello.
Está sonriendo.
Eso es lo que me detiene el aire. La mujer va sonriendo. Nadie la está obligando a nada. Nadie la está metiendo. Nadie la está viendo, tampoco: la mujer no sabe que existe esta fotografía, no sabe que existe la cámara, no sabe que a cuatrocientos o mil kilómetros alguien la va a imprimir en papel bueno y la va a meter en un sobre.
Yo he visto fotos así antes.
Vi cuarenta y tres.
Estaban en una carpeta, con los nombres tachados con tanta fuerza que la tinta atravesaba el papel, y todas tenían este mismo granito y este mismo ángulo de arriba hacia abajo y esta misma calidad de cosa robada a través de un vidrio.
Le doy la vuelta a la foto.
Atrás, en el mismo negro, con la misma letra de imprenta pareja, una línea:
Aprendieron.
* * *
Me siento en el suelo del comedor.
No decido sentarme. Simplemente el suelo está más cerca que la silla.
Aprendieron.
No dice volvieron. No dice hay otra. No dice ayuda.
Dice que estudiaron. Dice que alguien se sentó, después de que se cayó todo, y revisó qué salió mal, y tomó notas, y corrigió.
Y la foto no me la mandaron para avisarme que abrió una casa nueva.
Me la mandaron para que yo viera cómo la eligieron.
Porque esa foto no es de hoy. Esa foto se tomó antes de que la mujer subiera esos escalones. Alguien la fotografió desde lejos, sin que ella supiera, en la calle donde vive, o afuera de su trabajo, o a través de la ventana de un café, y después la revisaron, y la calificaron, y la aprobaron, y la invitaron.
La eligieron primero. Como a Renata.
Y llegó sonriendo.
Se abre la puerta del baño. Sale el vapor al pasillo, y detrás del vapor sale ella, descalza, con la toalla en la cabeza, y se detiene en seco cuando me ve en el piso.
—¿Valeria?
Su voz cambia en la segunda sílaba. Yo no me muevo. Tengo la fotografía contra el pecho, boca abajo, sin darme cuenta de que la estoy escondiendo.
Renata cruza la sala. No hace ruido al caminar. Nunca hace ruido al caminar.
Se pone en cuclillas frente a mí, con las rodillas juntas y la espalda recta, en esa postura suya que es de servicio y que ya no sé si es de servicio o si ya es de ella.
Y me quita la foto de las manos con muchísima suavidad, como quien le quita un cuchillo a alguien.
La ve.
No hace ningún ruido. No se le mueve la cara. Se le mueve otra cosa: los hombros le bajan un centímetro, se le alarga el cuello, se le sueltan las manos, y de pronto está sentada en el piso de mi casa de una manera que no había usado en seis meses.
—El olor —dice.
—¿Qué?
Sigue mirando la foto. Tiene los ojos en la puerta abierta del edificio blanco, en ese pedacito oscuro que se ve del interior.
—Ese jabón —dice—. Yo conozco ese jabón.